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Es sabido que la actitud es una pieza fundamental para nuestra conducta, de nuestra manera de hacer y de recibir los eventos de nuestro día a día. Muchos nos hablan de la actitud y de su importancia: “El efecto bombilla”, “que si conocimientos y habilidades suman pero la actitud multiplica”, “que si nosotros decidimos como vivir en el m2 cuadrado en el que vivimos”… y todo ello es cierto, pero no deja de ser una obviedad. Hoy en día la cuestión es que es más importante cómo se dicen las cosas que el qué se dice. La profundidad o superficialidad de nuestro pensamiento marca el tipo de sociedad que hacemos y, por tanto, en la que vivimos. Se nos dice que estamos en la sociedad de la comunicación, pero la mera comunicación no puede ser más importante que el contenido de lo que se comunica. También se nos dice hoy en día por parte de coaches y conferenciantes que debemos encontrar la esencia de nosotros mismos, aquello que realmente somos y no quedarnos en la esa primera capa que parecemos o creemos ser para poder dar con nuestros verdaderos talentos. Pues bien, la importancia de nuestra actitud es crucial en nuestro día a día porque, efectivamente dice quien somos pero marca nuestras conductas que es lo que dejamos ver de nosotros mismos. Pero ¿cómo se forma la actitud? ¿De qué depende nuestro estado de ánimo? ¿Por qué algunos son optimistas y otros pesimistas? ¿Qué hacer para tener una correcta actitud?

Nuestra actitud precisa de componentes para formarse y dependerá, por tanto, de nuestros pensamientos y de nuestros sentimientos.

De ahí la importancia de lo dicho ya por Buda: “Somos lo que pensamos”. Pero no es menos cierto  que “somos lo que sentimos”.

¿Qué actitud tenemos ante las personas o las cosas o las situaciones? ¿Qué hace que nuestra actitud sea una u otra en distintos momentos? Muchos factores son los que influyen. En primer lugar, dependerá del estímulo que recibimos. Si es una situación nueva o conocida, es decir si tenemos experiencia previa o no. Lógicamente, si el estímulo es nuevo (una noticia, una opinión, un suceso) la activación cerebral será muy distinta a si es algo ya conocido o en lo que tenemos experiencias previas. En este segundo caso, esas experiencias previas que habrán quedado debidamente registradas en la memoria, influirán enormemente en la formación de nuestra actitud para ese actual acontecimiento. En segundo lugar, nuestro estado físico marcará también  nuestra respuesta actitudinal a ese estímulo que percibimos o recibimos. Obviamente, el cansancio, el estrés, un dolor de cabeza o una dolencia física pueden influir en nuestra actitud final. De ahí la importancia de cuidar nuestro físico como principal elemento para construir una actitud adecuada. Es sabido que dedicar un tiempo semanal al deporte o la actividad física influye en nuestro carácter, nos permite producir beta-endorfinas que hacen que nos sintamos mejor, nos predispone positivamente ante los retos y nos facilita una manera de entender la vida y de relacionarnos con nuestro entorno.

Tenido esto en cuenta pues, las características del Estímulo Recibido y nuestro Estado Físico, llegará el momento del procesamientomental” de aquello que se nos presenta.

Ese procesamiento mental tiene dos partes: la de nuestro cerebro lógico-racional y la de nuestro cerebro límbico.

Nuestro cerebro lógico-racional es aquel que trabaja con creencias, opiniones, pensamientos, ideas y conceptos que  trabaja en base al lenguaje, de ahí lo mucho escrito sobre PNL (procesamiento neurolingüistico) y su importancia a la hora no sólo de procesar información sino de entenderla, catalogarla, etiquetarla y almacenarla. Según sean  nuestros pensamientos, así conceptuaremos los sucesos que nos ocurran, las opiniones que se nos den, los planeamientos ajenos. Un buen concepto sobre, por ejemplo, la flexibilidad mental de nuestros esquemas, facilitará que podamos aceptar mejor las opiniones de los demás, considerarlas, tenerlas en cuenta sin menoscabo de que estemos o no de acuerdo. En función de ello pensaremos de un modo u otro y como consecuencia, se iniciará la formación de nuestros sentimientos hacia ese suceso ocurrido u opinión recibida. Los sentimientos, sensaciones y emociones, a menudo, no siguen patrones lógicos aunque si guardan una correspondencia con aquello que pensamos. Si pensamos bien de alguien será más fácil que tengamos buenos sentimientos y emociones hacia esa persona y, consecuentemente, nuestra una actitud también lo será. Igualmente, si escuchamos la opinión de alguien sobre alguna cuestión estaremos más abiertos a aceptarla si esa persona la tenemos catalogada como alguien experto en la materia que si no es así.

La conjunción de los que pensamos y lo que sentimos formará nuestra actitud hacia aquello que se nos presenta.

Y en tanto que nuestro entorno cambia y nosotros también puesto que somos seres dinámicos he representado en el esquema el funcionamiento de la formación de la Actitud.

Toni Bassols